domingo, 4 de agosto de 2013

Esta mañana recibí una llamada que me despertó, era Abel, casi llorando, me dijo que no podía más, que sentía que todos sus órganos se estaban consumiendo poco a poco, llegando a un estado de putrefacción, comenzando por el mismo corazón, lo echaba de menos si, le tuve que decir que ya hora de pasar página, pero por más que intente, Abel seguía con sus sollozos, me intento explicar que para él, Rodrigo, había sido muy importante, tanto como podía ser el regalo más bello, y hermoso que te puedes encontrar, esos regalos, que pueden fundirse en un triste pero hermoso beso de despedida en primavera, sintió que realmente sería el primero que mostraría un profundo y verdadero interés en él, incrementado por aquellos mensajes, que alguna vez llegaron a su teléfono móvil, y todo se desvaneció, como se devánese un triste cubito de hielo postrado ante el sol, o un simple momento de verano, cuando conseguí calmarlo lo suficiente, terminamos la conversación, y cada uno colgó sus respectivos teléfonos, pero yo me quede con un dolor en el pecho, como si de una espina clavada se tratase, ¿que podría hacer yo esta vez por Abel?

No hay comentarios:

Publicar un comentario